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Ayer, hoy y siempre TeatroS AbiertoS. Lo que nos dejó la jornada.

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“El teatro no es un templo, es un taller”

Compartimos con ustedes la nota a Alejandro Samek realizada por Federico Irazábal y publicada en La Nación, en ocasión de la celebración de los 25 años de Andamio 90.
http://www.lanacion.com.ar/1836149-andamio-90-cumple-25-anos-como-usina-de-artistasalesamek

Corría el año 1990. Los acontecimientos políticos, sociales y económicos bullían anticipando una década de gran movimiento, con todo lo que ello pudiera implicar. Apenas un año antes se había producido una serie de hechos singulares que generaría un sismo en el panorama teatral: la aparición de El Periférico de Objetos (Ana Alvarado, Daniel Veronese y Emilio García Wehbi), Javier Daulte, Alejandro Tantanian, Luis Cano y Rafael Spregelburd, entre muchos otros. Junto con esos nombres, también comenzaba a aparecer la necesidad de multiplicar los espacios teatrales. Las salas se iban desparramando por la ciudad junto con modelos escénicos y de gestión bien diferenciados. Uno de ellos, resultado de la pujanza e idealismo de su fundadora, la actriz y directora Alejandra Boero, fue Andamio 90, sala que abrió sus puertas en el año 1990 para dar inicio a un largo y complejo recorrido que acabó por convertirlo en un clásico del teatro de Buenos Aires.

“Eran otros tiempos”, cuenta Alejandro Samek, hijo de la gran artista argentina y rector del Colegio Superior de Artes del Teatro y la Comunicación, que funciona en la sala y que ofrece título oficial. “En aquel entonces, ser un artista independiente era estar enfrentado a los empresarios y al Estado. Cuando los artistas nos definíamos así, era porque teníamos una línea ideológica en aquello que queríamos hacer en nuestros espacios. Y buscábamos hacer algo distinto a lo que el Estado podía hacer en sus salas y con sus compañías, o también diferenciarnos del productor teatral. Hoy estas barreras son menos firmes. Estamos todos en un mismo lado, cada uno haciendo lo propio, pero con un grado de profesionalización, o de institucionalización, tal vez mayor.”

Y, probablemente, la palabra institucionalización marca la historia de Andamio 90 de un modo en el que tal vez no impactó tanto en otras salas que corrieron diversa suerte.

La historia con la pedagogía teatral remite al año 1967, año en el que la Boero (llamada así como forma de respeto, de jerarquización) comienza con sus talleres de teatro. Pero esto va a sistematizarse cuando logre tener su propio espacio, lo que sucedió gracias a su amigo el arquitecto García Vázquez, que, al morir, dejó su fortuna para ser distribuida entre sus amigos. Con ese dinero, unos 50.000 dólares, Boero pudo comprar el edificio y comenzar las reformas. Para eso, primero hipotecó su propia vivienda y luego la de su hijo. Así fueron realizando las adaptaciones del edificio para la construcción de la sala y los ámbitos pedagógicos para inaugurarlo, en 1991, con el estreno de Final de partida, de Samuel Beckett, con el memorable trabajo de Alfredo Alcón.

Por supuesto que, para lograr la inserción que hoy tiene Andamio en la comunidad teatral, hubo que ir adaptándose a los tiempos. “Mamá se resistía mucho a la oficialización de la escuela -cuenta Samek, porque pensaba que iba a venir alguien que no sabía de su oficio a decirle a ella lo que tenía que hacer. Y no sé si estaba tan equivocada en este asunto, pero sí era necesario oficializar la enseñanza para darle una jerarquía distinta. Desde 1999, estamos incorporados al sistema oficial de enseñanza, dictamos tres carreras y tenemos alrededor de 400 alumnos y una planta de personal que, entre docentes y no docentes, ronda las 60 personas. Ver que ese sueño de mamá se convirtió en esta enérgica y dinámica vorágine diaria es la certeza y el orgullo del sueño cumplido.”

Año de celebraciones

Además de la escuela y de los espectáculos que Andamio 90 ofrece regularmente en cartelera, el lugar también está abocado por estas semanas a ser sede de diversos eventos teatrales. Entre el jueves y el lunes, albergará al Encuentro Latinoamericano de Teatro, con espectáculos de Bolivia, México, Uruguay, Ecuador, Puerto Rico, Chile, Cuba, Nicaragua y Perú (hay más información en elti.com.ar). Y, entre los espectáculos en cartelera, continúa Pessoa, escrito en su nombre, escrito y dirigido por Alfredo Martín, y Lisístrata o la rebelión de las mujeres, con dirección de Roberto Monzo y versión del recordado Rodolfo Roca. Para finalizar las celebraciones, el 7 de noviembre, se realizará una única función de Escandinavia, espectáculo escrito por Lautaro Vilo y con dirección y actuación de Rubén Szuchmacher.

El teatro no es un templo, es un taller

El teatro porteño no sería el mismo con Alejandra Boero que sin ella. Y todo tal vez sea mérito de un entrañable Pedro Asquini, quien, un día, mientras barría la vereda de un pequeño teatro, se encontró con una joven muchacha a la que invitó a ingresar: se trataba del mítico teatro La Máscara, sala y compañía en la que la muchacha se quedó hasta los años 50, cuando fundó el otro gran antecedente del teatro independiente actual: Nuevo Teatro. Pero, más allá del lugar y de los compañeros, la idea parece haber sido siempre la misma: “El teatro no es un templo, es un taller”. Esa frase, que se encontraba escrita en una de las paredes de La Máscara, acompañó a Boero a lo largo de toda su trayectoria y de su labor como militante de la escena. En ese imaginario teatral se formaron dos de sus más sobresalientes discípulos: Luciano Cáceres y Claudio Tolcachir.

El lema nombra, antes que nada, una forma de pensar el oficio, que fue el modo vector en el que Boero comprendió que había que entender el teatro: un lugar en el que todos, cada uno con su oficio y sus deseos, hacen todo. El actor barre, el director trapea. Sin divismos, sin jerarquías y sin desplantes, un tipo de teatro que encontraba en ese modelo de gestión un modo de producción y de vida.